Trechos de “Emociones, afectos y sociologia”

ARIZA, M. (coord.). Emociones, afectos y sociologia: diálogos desde la investigación social y la interdisciplina. México: UNAM, Instituto de Investigaciones Sociales, 2016, 1a edição.

Disponible para download aquí.

 

 

Introducción – Marina Ariza

El reciente interés por las emociones y la afectividad forma parte de un esfuerzo más amplio de recuperación de una dimensión analítica largamente soslayada en el conjunto de las ciencias sociales y las humanidades. A la par de la sociologia, la antropologia, la geografia, la historia cultural, la filosofia (incluso la economia), son algunas de las disciplinas que han incursionado por diversos derroteros analíticos en el intento colectivo de recuperar al actor sintiente y la afectividad.

Una de las avenidas de reflexión que desemboca en este foco de interés adopta una posición crítica frente a la construcción discursiva de los significados sociales y apuesta a recuperar el cuerpo y la afectividad como elementos preconscientes, preindividuales y procesuales, con la potencialidad de afectar y se afectados, de actuar y conectarse, conformando una suerte de mirada ontológica con obvias implicaciones epistemológicas (Lara y Enciso Domínguez, 2013). Esta corriente se autoinscribe en el denominado “giro afectivo”* en el que confluyen varios saberes disciplinarios. Posee una clara influencia de las filosofias procesuales y del intuicionismo bergsoniano, combinándose en un amalgama compleja con otras líneas de pensamento (Lara, 2015).

 

*Lara y Enciso Domínguez (2013: 102) resumen el giro afectivo como “[…] un cambio en la concepción del afecto que ha venido a modificar la producción de conocimiento y la lógica misma de las disciplinas […]”. El término habría sido formulado por primera vez en 2007 por Clough y Halley, quienes aluden a la afectividad para referirse a la ontología de fenómenos que no son dependeientes de la conciencia humana ni de la comunicación discursiva linguística.

(p.8)

 

 

Emociones en riesgo: miedo, vergüenza y culpa – Fiorella Mancini

El prisma de la sociología de las emociones permite ubicar – entonces – aquellos puntos de convergencia entre los niveles biográficos y social, y – desde allí – establecer encarnaciones individuales de problemáticas estructurales.

(p. 194)

 

La emoción de la culpa presupone la existencia de un daño causado a alguien o a algo (una relación, por ejemplo). De allí que el marco contextual de esta emoción de la culpa presupone la existencia de un daño causado a alguien o a algo (una relación, por ejemplo). De allí que el marco contextual de esta emoción no pueda ser otro que la interacción social. Es en relación con los demás, en el contexto de una determinada interacción (más o menos inmediata), que emerge, se experimenta y adquiere un determinado sentido y significado, el sentimiento de culpa (Kemper, 1978; 1987). Por conseguiente, cuanto más intensas, más cercanas, más valoradas o más apreensivas las relaciones para los indivíduos, mayor la sensación de culpa (Pistole y Tarrant, 1993).

Para los autores que distinguen diferencias conceptuales y prácticas entre esas emociones (Tangney, 1995; 1996), la vergüenza se define como un fallo general (o totalizador) de self que se autoevalúa (o percibe) como inútil, inadecuado, devaluado (Balcom, 1991). Tal noción de vergüenza está basada en la teoría del “yo espejo” de Cooley (1964), que concibe al ser humano asumiendo permanentemente el rol del otro: viéndose y valorándose a sí mismo desde la perspectiva (y expectativa) de los demás (Scheff, 1990; Turner, 2002).

Em dichos términos, la vergüenza es una emoción sumamente costosa y exigente en la medida en que implica un esfuerzo permanente por reconocer cómo nos ven los demás, cómo éstos juzgan esa imagen y cómo evaluamos nosotros mismos esa doble mirada. Según tal definición, la vergüenza es una emoción mucho más incluyente y abarcadora que la culpa en cuanto afecta la totalidad del self, la integralidad de la subjetividad, y puede surgir con relativa independencia de una decisión o acción previa, generando un conflicto en el mundo interno del sujeto. El avergonzado se percibe en contradicción con el resto del mundo y consigo mismo, con su consciencia y con sus capacidades, reconociéndose como inferior a todo y a todos.

[…]

La vergüenza es una emoción más “estructural”, más generalizada que la culpa, la cual – pese a que también es moral – resulta más imediata, práctica, local y  – en definitiva – más situacional. En términos de Lewis (1971), mientras la vergüenza centra su atención en el yo (“yo hice esa cosa horrible”) y su desvinculación con lo social, la culpa se focaliza en un determinado comportamiento (“hice esa cosa horrible”). Tal acentuación del yo es impulsada – no obstante – por la presencia de los otros; de allí el carácter contundentemente social de esta emoción (Simmel, 1938). Es la mirada excessiva de los demás lo que sanciona al avergonzado, quien experimenta un sentimiento de inferioridad y humillación (Elias, 1993). Así, la vergüenza es el autocastigo impuesto por haberse expuesto. La paradoja emocional de la vergüenza radica precisamente en la necesidad o exigência de ocultamiento luego de esta exposición excessiva. El avergonzado requiere un escondite: apartarse de los demás y aun de sí mismo (Tomkins, 1992).

Desde la teoría estructural de la emociones (Kemper, 1987; Barbalet, 1998), la falla que causa la vergüenza es la carencia de prestigio. Es la falta o la pérdida de estatus lo que posibilita el surgimiento de la vergüenza; en cambio, el excesso o abuso de poder es lo que explicaria – en mayor medida – el advenimiento de la culpa entre los individuos. La vergüenza evocaria sentimientos profundamente dolorosos, autoinfligidos, procedentes de una autoevaluación negativa realizada por el sujeto desde la perspectiva del otro, presente o ausente, concreto o generalizado (Scheff, 1990; Tomkins, 1992). En ese sentido, las direcciones emocionales entre ambas serían prácticamente opuestas: mientras las experiencias de vergüenza tienden a implicar preocupación por los juicios de otras personas acerca de uno mismo, las emociones de culpa tienden a implicar preocupación por los efectos de uno sobre las demás personas (Tangney, et al., 1994).

(p. 197-9)

 

 

Tonalidades emocionales en la experiencia de la migración laboral – Marina Ariza

En el campo de la sociología de las emociones, este trabajo se sitúa dentro de los esfuerzos que proponen una mirada estructural y relacional de la vida emocional (Barblet, 2001; Kemper, 2006; Turner y Stets, 2006; Turner, 2010). De acuerdo con ella, la emoción es una propriedad de la interacción social indisociable del contexto en que se produce. Siguiendo a Barbalet (2001; 2002), las emociones son consecuencia de las propriedades estructurales de la interacción social y se encuentran ancladas en las situaciones en que emergen. Surgen en las circunstancias estructurales que enmarcan la interacción y proporcionan a los actores elementos interpretativos para enfrentar y responder a los diversos contextos situacionales. Como tales, poseen una naturaleza dual en tanto son experimentadas de manera personal (o privada) y tiene lugar en un entorno, el cual forma parte integral de la experiencia emocional, por lo que son – a la vez – experienciales y contextuales.

(p. 281)

 

Correlativamente, el fragmento narrativo que recrea la emoción y permite identificarla, recoge la manera como la experiencia es narrada en tanto vivencia recuperada mediante la conciencia en un momento dado, dentro del contexto o marco interpretativo e cuestión. Es pertinente aclarar que – para los fines analíticos – no interesa elucidar si los hechos ocurrieron tal y como la entrevistada los recupera y narra, por cuanto lo que constituye en verdad la experiencia vivida es lo que la conciencia recupera discursivamente como lo sucedido […].

(p. 295)

 

 

Emociones, orden de género y agencia: verguenza e ira entre mujeres indígenas originarias de Los Altos de Chiapas – María de Lourdes Velasco Domínguez

El cuerpo y la sexualidad de las mujeres, son, en efecto,
un campo político definido […]; ellas encuentran fundamento
a su sometimiento en sus cuerpos, pero también su cuerpo
y sexualidad son el núcleo de sus poderes.

Marcela Lagarde, 1990: 200.

 

El objetivo del presente capítulo es mostrar la importancia que tiene el abordaje de las emociones  a partir de la antropología y la sociología de las emociones, para comprender el papel que cumplen en la perpetuación del orden tanto social como cultural; sobre todo en la articulación de sutiles formas de agencia que cuestionan y van resquebrajando dicho orden.

A lo largo del presente texto, se explora el papel central que desempeñan las experiencias emocionales en rematerializar o en configurar y reconfigurar el sentido que un grupo de mujeres tienen de sí mismas como cuerpos diferenciados de los cuerpos masculinos, a partir de relaciones desiguales de poder, principalmente de género y generación en las que se hallan inmersas. En este sentido, se busca resaltar la importancia que cobran las emociones para el control social de género y para impulsar transformaciones en el mismo.

Con el propósito de ejemplificar tales procesos, analizaremos las narrativas de las experiencias emocionales de mujeres originarias de Los Altos de Chiapas de tres generaciones (abuelas, madres e hijas), así como algunos de sus modos de interacción que tuve oportunidad de observar. Mientras que las abuelas han vivido toda su vida en sus pueblos de origen bajo la normatividad tradicional, las madres han tenido mayor acceso a la educación superior y se han insertado en la vida laboral; por su parte, las más jóvenes han migrado temporalmente a la Ciudad de México para estudiar licenciatura.

A partir del contexto de origen de dichas mujeres, el cual las habilita para experimentar su proprio cuerpo y su sexo con vergüenza silenciosa, mostraremos los procesos que han hecho posible la emergencia de nuevas emociones, las cuales tienden a dar mayor valoración a su proprio ser y les permiten establecer nuevas relaciones con sus pares varones. Así pues, buscamos resaltar la importancia que tienen dichas emociones para transgredir el orden de género hegemónico en su contexto de origen y propiciar la configuración  de nuevas relaciones de género.

(p. 329-330)

 

De igual manera, las posibilidades o no de experimentar ira se hallan distribuidas de modo diferencial, según las jerarquías establecidas socialmente, ya que se considera que dicha emoción también participa en el ejercicio de poder, en tanto posibilita hacer efectivo el intento de dirigir la conducta de los subordinados de acuerdo con los fines del dominante.*

Una vez activado el sentimiento de ira – según la manera como sea manejada, si se expresa: verbal, gestualmente; o no se manifiesta, y cómo esto se lleva a cabo y por quién -, traerá consigo consecuencias diferentes. “La ira puede ser personal y socialmente destructiva; empero, también puede inspirar, movilizar e impulsar a los individuos a modificar las circunstancias no deseadas de su vida” (Schieman, 2006: 493). “Las personas refieren a menudo que se sienten poderosas y fuertes cuando experimentan o expresan la ira [… pues ella] las ayuda a movilizarse contra otros o contra condiciones que les resulten desfavorables” (508). En este caso, puede emplearse para fomentar las relaciones de dominación o para enfrentarlas y buscar ciertas rupturas con las mismas. Se trata de una emoción política por excelencia.

El estudio de la ira puede ayudar a dar cuenta de los procesos implicados en la conformación del estatus social. Partiendo de niveles objetivos del poder y del estatus sentido subjetivamente o deseado, el proceso social de la ira, puede llevar a reiterar o a ir trastocando las estructuras de poder asimétricas, al igual que las conformaciones identitarias involucradas. Si un individuo situado en un alto estatus (nivel objetivo de poder) recurre al enojo, reitera las relaciones de dominación. En cambio, si un individuo de estatus bajo desea ascender, la ira puede operar para subvertir ciertas pautas del orden establecido.

Nuestros casos empíricos nos permitirán mostrar cómo las experiencias de vergüenza reiterada vividas por las mujeres frente a los varones así como la presencia de nuevos factores de socialización, las llevan a experimentar algún modo de ira. Se mostrarán las diferentes maneras de manejo de esta emoción y algunas de las consecuencias que se pudieron observar, principalmente en lo que respeta al cambio en la percepción que las mujeres tienen de sí mismas.

*En el caso de las relaciones de género, se ha observado un patrón clásico que hace de la ira un sentimiento proprio de los varones, a quienes se les socializa para evitar sentir otros sentimientos relacionados con la debilidad (Scheff, 2006; Schieman, 2006). Sin embargo, aun cuando estereotipicamente se atribuya a las mujeres la capacidad innata de experimentar una mayor gama de sentimientos, la ira no es una emoción que se espere de ellas.

(p. 343-4)

 

[Uma das referências, a ver: LAGARDE, Marcela. 1990. Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. México: Universidad Nacional Autónoma de México/Siglo XXI Editores.

 

 

El papel de las emociones en la conformación y consolidación de las redes y movimientos sociales – Silvia Gutiérrez Vidrio

Las emociones participan de un sistema de sentidos y valores que son proprios de un conjunto social; es decir, para que un sentimiento sea expresado y experimentado por un individuo, aquél debe pertenecer al repertório común del grupo social. Por tanto, los afectos, sentimientos y emociones pueden ser considerados como modos de afiliación a una comunidad: como maneras de comunicarse y de permanecer juntos (Le Breton, 2013); de ahí la necesidad de incorporar el estudio de las emociones en la investigación sobre movimientos sociales como un motor importante para integrarse a un colectivo, y asumir un compromiso.

Toda persona que en su vida haya participado en una acción colectiva, se percata de la intensidad emocional que caracteriza las experiencias vividas. La injusticia, la rabia, la ira y la indignación motivan a emprender la acción; pero también la impotencia, la frustración y el miedo que se pueden sentir frente a la imposibilidad de vencer la injusticia (Poma y Gravante, 2013-2014). Sin embargo, estas experiencias se distinguen también por la solidariedad y la hermandad que se crea entre las personas que comparten la experiencia de lucha.

Como varios autores han señalado (Turner, 2010; Jasper, 1998), sorprendentemente la literatura sobre movimientos sociales había abandonado – hasta hace muy poco tiempo – la reflexión teórica sobre las emociones que impulsan a estos movimientos y más bien se había enfocado en los recursos de la movilización; al parecer olvidaba que uno de los recursos centrales para la movilización es la motivación emocional. Sin embargo, desde finales de los años noventa, los especialistas en la acción colectiva han reconocido la necesidad de tomar en cuenta el papel que desempeñan las emociones tanto en la participación de los individuos en las protestas y movimientos sociales como en el fortalecimiento de un sentimiento de pertenencia a una colectividad: “[…] es difícil pensar en actividades y relaciones que sean más abiertamente emocionales que las relacionadas con la protesta política y la resistencia” (Goodwin, Jasper y Polletta, 2000: 78).

(p. 400)

 

La relación medios de comunicación-emociones ha sido otro de los temas en los que he incursionado. Los medios de comunicación generan emociones; incluso podríamos decir que su objetivo consiste en despertar emociones en las personas que los consumen y – de tal manera – potenciar su uso. Uno de los interrogantes que surgen al tratar de entender dicha relación es en qué medida los medios nos conducen a tener determinadas experiencias emotivas; experiencias que son construidas socialmente. Es decir, son dotadas de significado por la sociedad: construidas y compartidas intersubjetivamente por los sujetos sociales en sus interacciones cotidianas. Como algunos investigadores han señalado (cfr. Bericat Alastuey, 2005; Altheide, 2002), los medios de comunicación aparecen hoy – antes que como formadores de la opinión pública – como creadores de emociones públicas.

Empiricamente, he estado trabajando en un acercamiento metodológico que permita identificar cómo los medios de comunicación (en específico, la prensa escrita) generan, reproducen y difunden emociones en torno a problemáticas que atañen a un vasto público. La metodología que he adoptado para el analísis de las emociones en los textos peridísticos está basada fundamentalmente en la propuesta de Friedrich Ungerer en su texto “Emotions and Emotional Laguage in English and German News Stories” (1995). Ella permite captar la manera como este tipo de textos pueden despertar o reforzar emociones en los lectores. Dicha propuesta parte del principio de que el sistema de inferencia parece ser responsable del impacto emocional, y se orienta al examen de los medios lingüísticos que desencadenan las inferencias emocionales en los textos periodísticos.

Mi interés en el estudio del papel que desempeña el componente emocional en los movimientos y las redes sociales, surgió a partir de mi incorporación a una red de investigadores sobre “Memoria Colectiva y Construcción de Identidades Sociales”. El tema que estuve investigando fue el papel que cumple la afectividad en la construcción y reconstrucción de la memoria colectiva (Gutiérrez Vidrio, 2002). Algunos de los interrogantes que me he planteado en relación con la afectividad y la memoria son: ¿Cuál es la influencia que ejerce la colectividad en aquello que sentimos y percibimos? ¿Por qué algunos acontecimientos del continuo de sucesos que caracterizan la vida pública de una sociedad o grupo son seleccionados como los más importantes en el momento de rememorar sus vivencias? Una conjetura que me ha permitido tratar de explicar estos interrogantes es que los sucesos que se vivieron de manera intensa (es decir, aquellos en los que hubo un involucramiento emocional), dejan huella en los individuos y por lo tanto son más facilmente recordados.

(p. 404-5)

 

Los movimientos sociales desempeñan un papel fundamental en la (re)construcción de los universos políticos de los individuos, mediante el proprio proceso de aprendizaje que constituye la participación en el movimiento; en ese proceso, como señala Jasper (1998), las emociones son aprendidas y controladas mediante la interacción social, aunque nunca con efectividad completa.

El estudio de la importancia que ejercen las emociones en la participación de los individuos en los movimientos sociales y en el fortalecimiento de un sentimiento de comunidad, ha arrojado aportes significativos para entender lo que conduce a los individuos a tratar de articular sus intereses de manera colectiva. […]

El rol que cumplen las emociones en las fases de adhesión e incorporación a un movimiento social, resulta muy significativo, aunque donde realmente facilita e ilumina la investigación, es en los momentos de desarrollo de sus actividades: en la propria sostenibilidad del movimiento (Goodwin, Jasper y Polletta, 2001). De alguna manera, se podría afirmar que hay emociones que conducen a la participación en un movimiento y otras que se derivan de la actividad en éste (entre otras) (Latorre Catalán, 2005).

En los rituales de interacción colectivos (como en el caso de los movimientos sociales), pueden presentarse diferentes tipos de transformación emocional: uno implica la amplificación de la emoción inicial; el otro, la conversión de la emoción inicial en algo más (Collins, 2001). En la construcción de la solidariedad entre los miembros – que hace al individuo sentirse más fuerte como miembro del grupo -, se crea lo que el autor denomina “energia emocional”. Este concepto – como ya había señalado – reconduce a la dimensión colectiva de la emotividad, en la que las emociones se fortalecen, se reelaboran y se contagian.

Las emociones desempeñan un papel importante en alentar a los individuos a la acción política;* se concentran – sobre todo – en los mecanismos que operan antes de que los individuos se vuelvan realmente activos. Una vez que una persona comienza a participar, se vuelve objeto de nuevos procesos sociales que la ayudan a formar y moldear sus emociones. Posiblemente sus intuiciones más básicas no se transformen en el curso de la protesta, pero sin duda aparecerán ideas y expresiones más explícitas que colaboren a crear un lenguaje proprio para describir sus objetivos y la manera de llevarlos a cabo (Jasper, 1998).

*En el caso de América Latina, hay varios trabajos que también han abordado el papel que desempeña la dimensión afectiva tanto en la acción política y social (Magrini, 2011; Scribano y Artese, 2011) como en los movimientos sociales (Sossa, 2014). En la Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad (www.relaces.com.ar), también pueden hallarse varios textos que abordan esta problemática.

(p. 412-3)

 

El hecho de compartir ciertas emociones como la indignación, el hartazgo, permite identificar que éstas son, como Verta Taylor señala: “[…] el lugar donde se articulan los vínculos entre las ideas culturales, la desigualdad estructural y la acción individual” (citado en Tarrow, 2012: 268). Desde esta perspectiva, las emociones son algo así como un sítio estratégico de análisis que da cuenta del enlace que hay entre varias dimensiones o procesos sociales; es decir, que funcionam como punto de confluencia.

El miedo fue otra de las emociones que desde un inicio varios de los integrantes del movimiento experimentaron. Para Reguillo, “[…] el miedo es una experiencia individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida” (2000: 189).

(p. 425)

 

[…] la importancia que las redes sociales tuvieran en la conformación y en el desarrollo de movimiento #Yosoy132.* Sin duda una de las enseñanzas y aportes de ese movimiento, similar a otros, fue el entusiasmo generado por dicho levantamiento que rompió con la territorialidad: se expandió a diferentes lugares del país y ello gracias al espacio intensivo y extensivo de las redes sociales: “Twitter, Facebook y las demás redes han pasado a ser cajas de resonancia de las insurgencias, rompiendo la distinción tradicional entre espectador y actor” (Arditi, 2012: 161). A mi parecer, lo que hace que las redes sociales desempeñen dicha función es en gran medida el hecho de que en ellas se expresan y se comparten emociones.

*Al respecto, puede consultarse a Ulises Vera (2014).

(p. 427)

 

Quienes tuvieron su primera experiencia política con el 132, reconocen que tales lazos de amistad y solidariedad son los que pueden mantener activa la lucha y la protesta social; incluso si los integrantes del movimiento tienen posturas, ideologías y maneras de pensar diferentes.

(p. 431)

 

[Conclusiones]

Una primera cuestión que me gustaría señalar en relación con la importancia que tiene estudiar el papel que desempeñan las emociones en los movimientos sociales y la manera de analizarlas, es la centralidad del relato. Las narraciones integran, complejamente, diferentes aspectos de una experiencia emocional y la insertan en un contexto social y cultural amplio. […]

Otra de las reflexiones que surgen del análisis de los relatos tiene que ver con la necesidad de conectar los marcos, la identidad y las emociones con el proceso político; si no ocurre así, se corre “el riesgo de resultar tan determinista como el enfoque estructural de los estudios sobre movimientos sociales” (Tarrow, 2012: 273). […]

El estudio de las emociones que se comunican y comparten en las redes sociales es también un tema que está cobrando importancia en la agenda de las investigaciones sobre movimientos sociales. Varios estudios empíricos sobre dicho tema han demostrado que el reclutamiento de los movimientos sociales se produce en redes sociales densas y – más en concreto – entre sujetos que son miembros de grupos formales e informales existentes (cfr. Della Porta y Diani, 1999). Los nuevos medios pueden actuar como movilizadores de la protesta, especialmente en relación con asuntos altamente emocionales y simbólicos que crean una atmósfera de consenso, emoción y compañerismo.

Por último, considero importante enunciar algunas de las ventajas de la aproximación analítica que he retomado. El análisis de las emociones desde la perspectiva discursiva, habilita la identificación de ciertas cuestiones que no se pueden ver de manera inmediata a partir de otros enfoques; además, permite dar más sentido a los datos analizados y proporcionar claves para entender la producción del sentido. Otra de sus ventajas consiste en que permite identificar la emoción significada; es decir: hacer conocer a alguien una intención, una decisión, una opinión, de manera firme y definitiva.

(p. 431-2)

 

 

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