Tz´utz´- al este de la flora apacible

Trechos de Tz´utz´- al este de la flora apacible, de Mario Payeras. Guatemala: Cholsamaj, 2010, 1a ed. Aqui uma resenha do livro.

Mario Payeras (Chimaltenango, 1940 – México,1995) fue un escritor y poeta guatemalteco, que participó como miembro activo de la guerrilla durante el Conflicto Armado Interno que se llevó a cabo en Guatemala desde 1960 hasta 1996. (Veja mais aqui).

 

 

Presentación (Yolanda Colom)

Con frecuencia expresó que no bastaba con respetar y luchar al lado de nuestros compatriotas más desheredados; que también era necesario amarlos y adentrarse en el conocimiento de su cosmovisión y idiomas. De ahí que los estudió con creciente entusiasmo, manifestando estar maravillado por la poesía y sabiduría que contienen. Encontró en ellos una fuente inagotable de nuestra identidad como guatemaltecos y como seres que somos, indisolublemente, naturaleza y cultura. (p. 9)

 

Prólogo (Rafael Gutiérrez)

Como los pájaros de su Chilabasun constelado, “que viajan hacia latitudes más propicias para la consumación de los ciclos del fruto” […]. (p. 15)

 

 

 

Mi corazón está brotando flores

en mitad de la noche

 

Poema Nahua

 

 

En Yune´ chonhab´, el barrio chiquito, sólo permanecían los alcaldes rezadores, varones sujetos a residencia perpetua por voto sagrado. Ellos, pues, ejecutaron la orden de los mandones. Primeramente pidieron perdón a las cumbres – Wowi´, Yaluk´el, K´anana-; en seguida apilaron sobre los muertos cuarenta tareas de leña que los vivos habían cortado para quemar sal, y encienderon el ocote. La pira purificadora ardió hasta el día 2 Chej, y de la nube enrojecida cayó sobre San Mateo una espesa llovizna parecida a la ceniza, al pelo quemado de res.

– Allá está el resplandor, el humo – dijeron los mayal refugiados en la montaña de Yaluk´el, y sus corazones se apaciguaran. Ya pasó, pues. Ya se alejó yab´il, el hombre tifus. Ahora volvamos, rehagamos nuestra vida en paz, sin temor. Muchos días permaneció el común en la montaña, en el ámbito de quetzales y musgo, nutriéndose de raíces, del agua pura de los manantiales. Eran los sagrados montes donde cazaban antes de las festividades los winh de Chixjoj, cerbataneros aguerridos y diestros que monteaban desnudos. Sirviendo a los chej anima, los hombres venados, sus antepasados habían llevado guerra a la gente del Lacandón, y al retornar a la escarcha los tz´ul los distinguieron, asignándoles armas arrojadizas y tambores de guerra arrebatados a los tiltik. Antes de cazar se embadurnaban de lodo para ocultar su olor, o sahumaban sus ropas en fogatas cebadas con trocitos de guaco, el bejuco cuyo hedor semeja el del sobaco del cochemonte. Si abatían la pica algún mamífero corpulento, cantaban ante la bestia muriente para agradarla en la agonía. En el patio dejaban muchos meses las osamentas descarnadas de sus presas, de manera que el koman no indispusiera contra ellos su corazón. (p. 31)

– ¿Por qué nos persiguen, Mamin? – demandó Xhunik -; ¿qué razón hay para que vivamos ocultos?

– Porque heredamos una sabiduría distinta – afirmó el Señor Venado. Los mozo consideran que lo humano consiste en alejarse de lo irracional, de lo inanimado, pero sólo se distancian de lo que es divino en ellos. Persiguen la costumbre sin compreender que su religión ya es parte de nosotros, aunque nos alimentemos de la ciencia antigua, del cuerpo de los antepasados. Amamos tanto a la divinidad, que en nuestra mente caben varias religiones. (p. 38)

[…] Oigo el mundo muy fuerte, avisó demudado el muchacho, arrobado ante el esplendor del monte pero confuso por las revelaciones. Estas oyendo tu pensamiento – le aclaró Pedro Chilab´ -. Si perseveras en la enseñanza y meditas sobre lo que ves, oirás claramente el tumulto de las cosas. (p. 38)

[…] Ya era grande el rezador entonces, pero la gente de Cuchumatán comprendió que el viejo mamin había reventado por las humillaciones y no por la dureza del trabajo.

– Obedezcamos al sueño – insistía Yakin ante Tumaxh Matin, el aconsejador. Si quedamos aquí vendrá la ofensa y el forzamiento a los que vienen más atrás que nosotros. (p. 42)

 

[…] Y antes de entrar en el monte vamos a suplicar su permiso al Santo Cerro; pom vamos a quemar en su cara antes de seguir nuestro camino. Si no hacemos así, daremos vueltas, nos extraviaremos.

Al principio se adentraron en el monte guiándose por los caminos de cochemonte. Parecían no llevar dirección las trillas , pero al seguirlas un día entero se revelaba su rumbo. Nadie había entrado antes ahí, salvo los animales migradores de pezuña hendida, esparcidos de estiércol. Por el Nima´witz se internaron los hombres en la neblina, en los sitios privados de luz solar más acá del amanecer; penetraron al reino del musgo, de la papaya, de la brillante hoje de pox. ¿Quién por ellos en la montaña, si sus pies olvidaban los senderos y en las plantas les nacían ojos para ver en la penumbra, y si en vez de palabras sus bocas emitían huelgo, vapor, silencio? En la quietud oían como murmullo de agua el canto de q´uq´, el que llaman quetzalli, guiándolos por los mundos tristes, por campos de luciérnagas que se perdían en la neblina, mundos que no existían en la palabra y donde la realidad se combaba de tantos trinos. De vez en cuando escuchaban derrumbarse la montaña, abatiendo grandes árboles cuyo tronco se quebraba con sonido de disparo, provocando a lo lejos un trueno que espantaba. Después caminaban callados, con la pelambre empapada y los críos conociendo el silencio desde el claustro materno; la otra soledad donde se aprende a escuchar el estruendo vivo del corazón, y en la oscuridad se ve el relámpago morado del cerebro intacto.

Las avanzadas temían derivar hacia el punto que no es norte ni oriente, pues allá se extendía la infinitud de la selva, la vastedad de la que ningún humano había regresado todavía. Por eso se fijaban en el vuelo de pájaros, en la orientación del musgo y en el curso incierto de los arroyos. Eran cazadores y sus perros encontraban los senderos de animal, invisibles para el ojo humano. No macheteaban los bejucos sino que dejaban señas para no extraviarse. Donde menguaba la luz, allí dormían, escuchando el canto de pájaros desconocidos. Iban provistos de ocote, candelas y copal, y oraban al Señor de la montaña antes de emprender camino y al entrar en las joyadas, pidiéndole que no fuera a cerrarles el camino. Por las noches, los escuchas velaban, escrutando el silencio; temían oír a los perros de los moso indicando la trilla dejada por el común. Al segundo día de la marcha las avanzadas encontraron colmenas y se detuvieron a castrar algunas. Líquida y transparente chorreó la miel entre los cortes de hacha, y Yakin ordenó repartir el líquido y el panal por partes iguales. Aun a los perros tiraron ración, no fuera que la desearan con su envidia de animales y a ellos les hiciera mal. (p. 44-45)

 

– ¡Ay, Tumaxh Matin, conductor de tu pueblo! – le dijo reprensivo el animal ressurrecto -; hoqin kamoq. De nuevo tu gente numerosa me ha herido con la pica y ha desgarrado mi piel, obra ella del santo Yaxkalamte´. En vano durante las fiestas me recuerda tu pueblo en bailes con mi figura, si en el monte levanta la guerra contra mi linaje y lo persigue con perros. No ignora que también me asedian koj y b´alam, los señores de la carne, a quienes sirvo de pasto desde que nació la luz. ¿Cuándo va a cesar la matanza?. No estamos solos en el mundo; somos criaturas formadas y alentamos gracias a la eternidad, y sin nosotros lo que existe estaría incompleto. ¿Por qué invades mis montes tú, miman winaq?. ¿No te alcanzan Q´eq mono, K´anana, Nima´with y Momon txakan?. Se te concedió el maíz para que te alimentaras, para que no vagaras por el mundo procurándote alimento; para que en pueblos amurallados que llamamos konob’  cultivaras tu entendimiento y dieras nombre a los astros. Ahora has ofendido la madre tierra dándonos muerte, y por eso será castigado tu pueblo. Sabe de hoy en adelante, winaq, que el pródigo bosque de Yulb´atlaq está consagrado a la tierra y es intocable para los humanos.

Así habló saqchej, el venado, cuya voz resonó poderosa en la montaña. (p. 50)

 

El día 2 Imox del segundo mes de camino, la avanzada alcanzó las márgenes de una torrente que bajaba de la montaña. Estaban en lugares poblados de ceibas y palos de sanik te´, donde las bestias no huían ante la presencia humana y las mojarras mordían, mansas, las carnadas. Habían encontrado el lugar anunciado en el sueño, el país del venado y la miel.  (p. 51)

 

En algunos tramos cerca ya de la selva, el sendero formaba túneles de penumbra bajo viejos bosques de chicozapote, lugares de quietud anteriores al género humano y las celebraciones de la memoria. (p. 56)

 

A principios de Nab´itx, el agua se puso en el oriente, anunciando su advenimiento con roncos tambores. Xhunik se aprestó entonces a las labores agrícolas, siguiendo la costumbre de sus antepasados. En cuanto preparó la tierra, escogió una vara de chinil te’, le desbastó un extremo y endureció su punta al fuego; en seguida colmó con semilla el sembrador, y hundiendo la coa en tierra depositaba en el agujero tres maicitos. Una parvada de pijuyes revelaba tras sus pasos y rascaba la semilla en los agujeros, pero él entonó una canción y los chikb´ul se alejaron. La semilla bajó al reino subterráneo y allá recibió de Noh Ek´ blancura y poder nutritivo; la simiente era en su lugar como la casa donde festejan los abuelos y cada quien acarrea alimentos, los muele, los cuece al fuego y les agrega condimento para darles sazón. La tierra acopiaba en el corazón del inhat agua, calor, minerales, almidón de raíz y otros ingredientes alimenticios. Doce días más tarde, el mateano se echó de bruces sobre la tierra para asistir al nacimiento del maíz; adelgazando el oído escuchó cómo germinaba el grano en la profundidad, más abajo de los caminos del saltamontes y del aire chiquito de las hormigas. El nacimiento ocurrió por la noche, sin estrépito, modestamente, como viene a la vida los portadores de grandes beneficios, y al otro día el muchacho descubrió las glotonas espádulas que comían luz, aire, agua, y alrededor de la planta reparó estremecido en las huellas de cuatro animales; tres eran de mamíferos cuadrúpedos y una de ave gregaria.

– ¡Abuela, abuelo! – clamó, y el grito de su corazón resonó en la hondura de K´ax -; vengan a ver. Aquí está el santo maíz. (p. 58-9)

 

[…] En las noches siguientes el muchacho remojó la semilla, la envolvió en hojas para que echara raíces, y así la colocó en el altar. Al tercer día, gritando para espantar a los pijuyes (¡juiiiiiuu!, ¡juiiiiiuu!, decía, imitando la voz del gavilán), rasgó la cara de la tierra y colocó los maíces en su corazón. Tx´otx´ no se quejó; paciente soportó el castigo y guardó la simiente en su carne, acechando los días como viejo lagarto. Concluida la siembra, Xhunik oró y fue a su casa beber el b´utx ulul, para honrar la costumbre de sus antepasados. Solitarias estaban tras la lluvia las veredas de K´ax, disturbadas solamente por la melodía de agua de los pájaros furtivos.

En el sendero encontró a las jóvenes mujeres. Eran cuatro. Estaban sentadas a la sombra de la ceiba, comiendo chicozapotes y riendo divertidas de verlo; sus rostros eran hermosos y la greña tenían húmeda, señal de que venían del río. A pesar del jadeo de su corazón y del trastorno de sus sentidos, Xhunik se fijó en la de ojos de venada y tez lunar que sostenía una flor en la boca, peinándose con los dedos sin dejar de mirarlo. Lucía un huipil tallado que contaba los hechos posteriores al diluvio de brea ardiente, cuando las primeras criaturas fueron convertidas en monos. Acezaba la q´opoj con la boca entreabierta, preparada para tragar lo que está afuera, lo que debe entrar. De animal es el huelgo de su sobaco, el vaho pertubador de su axila, pensó, y a continuación se dijo: No vas a mirarla a los ojos porque su carácter es sobrenatural. Dos entendimientos poseen las mujeres: uno es proprio de su cabeza; el otro corresponde a su cuerpo. Con éste entienden lo que no está manifiesto, pues como de ebrio es. Castradas son, horadadas de abajo, pero con la parte entienden el idioma de nuestro deseo. De nawal es su condición. Por eso vas a negarle la palabra para no ser dominado, untado de saliva. (p. 63-64)

 

Trece meses y diez días más tarde, Axhul dio a luz un varón. El día que sintió los dolores tendió una estera en el rincón más abrigado de la casa, y allí se sentó en sus piernas. Cuando Xhunik regresó del monte, llevando un jabalí a mecapal para proveer de carne la casa durante el parto, halló a la criatura colorada y cubierta de vello que berreaba desnudita sobre la estera, y tomándola en las manos dio gracias por ella a la divinidad. Enseguida se ocupó de su mujer y encontró que estaba pálida, pero con buena salud, y cuando caía la tarde la agradó con una tira de carne asada de su presa. Lo llamaremos Yakin, dijo Axhul en su lecho, amamantando al crío. Está bien convino Xhunik; pero lo nombraremos en cristiano, Diego, para que no sufra. (p. 67, 68)

 

En la noche, Xhunik fue presentado ante el abuelito Maltixh, quien deseaba colocar su mano sobre la cabeza del muchacho. El sabio estaba rezando, enroscado sobre su vientre, con las piernas recogidas y formando la figura del reposo. Ya era un anciano Maltixh. Retenía grandes manos, acorazadas por el trabajo, y ojos tristes de sabio, y a través de su piel delicada se veía palpitar su corazón. Cuando Xhunik fue introducido, el viejo hombre levantó la cara, y el muchacho pudo apreciar el fulgor de la lucidez en el fondo de sus ojos.

– Eres de corazón animoso, k´ajol – le dijo al tenerlo ante sí -. Sé que vivías solitario en K’ax, y ciertamente eso me predispone ante ti. ¿De dónde eres?

– Nací en la montaña que los Q´anjob´al llaman Yitx K´u, en la tierra de Pay konob´. De aquel pueblo era nacido mi querido padre. Mi madre era mateana, pero nosotros fuimos refugiados allá.

– Sin querer ser indiscreto – preguntó con suavidad el sabio -, ¿puedo saber qué hacías aquí, rodeado de árboles y animales?. ¿Viniste a buscar tierra o te encuentras aquí perseguido por los moso?

– Vine a cumplir un castigo, mamin. Debo expiar una culpa grave para que el firmamento renueve su vigor, su fuerza. No lo haré en este tiempo a causa del amor que tengo a mi mujer y mi hijo, pero lo consumaré cuando llegue a la edad que indicó mi mentor, el Señor Venado. (p. 69)

 

Segundo antes de orto solar, el desasosiego de los pájaros se manifestó. Ma´, ayantipan y las demás especies suspendieron la grita, permanecieron alertas, acezando, atentas al fenómeno cósmico que acontecía donde cortan los senderos celestes. Jadeaban las criaturas, ansiosas, abierto el pico y dirigiendo los ojos al invisible cruce de los nodos, situado tal vez al sur, al oriente de allí. Con un escándalo general celebraron el instante en que Q´iij penetró al tiempo de ojo kanab´, rojo, renacido. Sólo las rapaces permanecieron ávidas en las alcándaras, observando la luz con atención abrumadora. (p. 71)

 

Se alzaban antes del alba, el firmamento arriba de los tejados; desayunaban fuego, ceniza, humo si no tenían pixhton. Matin le mostraba a Sis las constelaciones, indicándole en la bóveda las antiguas figuras. A esa nombramos Motz; cuando andan arriba anuncian el verano. El cazador dormido es Os T´ilan y también alumbra cuando pasa el agua. Parpadean por andar lejos. La fogarada azul en el oriente es el llamado Puj, el que hace dichoso a quien lo contempla; es planeta, no parpadea y su camino va próximo al del sol. Ni con el mayor alcance de tu cerbatana podrás derribar alguno de esos luceros; tampoco con tu palabra serás capaz de alabar su hermosura. Vas a decir conmigo el nombre de aquel otro, el amarillo que anda por la cumbre del cielo. No lo sé – se lamentaba Matin -. Antiguamente nuestros padres fueron sabios. Hoy apenas nos acordamos. En cambio, Kuxin no sabía alabar con palabras el firmamento. Veía con ojos mansos el árbol de la noche y bramaba impotente. El pensamiento se le conocía en la cara, sobre todo cuando bailaba. Extraño era entonces su aspecto y su ánimo ardía; el abultado ceño le hendía la frente, los músculos de su cara se crispaban y la boca parecía una avispa.

Dime mamin, ¿es verdadero que en esta montaña habitan las ánimas de los animales del mundo?. Así es, dijo Kwin Santo; a este lugar vienen después de morir. Si perecieron por la fuerza aquí siguen sangrando, y si dejaron la vida a causa de vejez, los verás caminar despacio, como ancianos. Es extraña la vida porque no tiene fin; se repite eternamente y no se cansa de palpitar, de comer y defecar. Yo vi a b’alam allá, descasando junto a tx’ukchej, su pasto, pues lo único que permanece aquí de las criaturas es su pixan. Gritan o gimen no porque sienten hambre, mas porque no termina de pasar el tiempo de la vida, que es también el de la muerte. (p. 77)

 

Oq estaba dos años cuando cerca de Lupina se alejo de sus padres. En ese tiempo había cantado el pixkoy, y los coyotes vieron al ave canela saltando de rama en rama piix koooy piiix koooy. Ya va a llover pues, dijeron. Ya viene el agua a refrescar el mundo. Chxxxx, dirá, b´olom, resonará el relámpago que nos espanta. Está bien, que llueva, es su tiempo. Que penetre bajo la tierra y que caiga el aguacero también abajo, para que llueva en el mundo oscuro y los muertos beban. Pero eso ya no lo oyó oq pues ya corría de vuelta al páramo, a las cumbres escarchadas, al lugar del conejo y la codorniz. Frente a él alumbró en las madrugadas Noh Ek, la estrella de la mañana, y trémulo y agradecido veía subir en la atmósfera el goterón de luz, el mundo plácido y celeste que precede el sol. Después retomaba su camino, jadeando, emitiendo por la boca un huelgo tibio y efímero que de inmediato se condensaba. Dejaba atrás espacios de neblina, páramos escarchados, túneles de silencio que atravesaban bosques milenarios. A veces se detenía a escuchar, lapso en que los torrentes de su sangre tendían al reposo, y entonces percibía el estruendo de la vida, el fragor subterráneo de los cavadores ciegos de madrigueras, la retumbante ráfaga de los venados. Cuando volvía a marchar el rumor de su sangre invadía los ámbitos de su conciencia. Tenía hambre rezagada y una semana de merodear por los corrales cuando cayó en la trampa. (p. 85-86)

 

El mundo está colmado de multitudes, decía, mas nosotros estamos solos; la cara de la tierra se halla surcada de caminos, pero todos nos apartan. (p. 91)

 

Los descendientes de la casa de Kuxin eran hábiles pescadores; en el río Xotxlaq habían aprendido el arte del trasmallo, y la construcción de cayucos. El que ahora tripulaban había sido vaciado con hachuela en el tronco de la caoba reina, mundo de parásitas y musgo habitado en verano por gavilanes boreales. Cuando el abuelito Maltixh supo que el árbol caería, acudió al lugar y le dijo a su hijo Mekel con palabra reposada: Por los años en que nuestros antepasados bajaron a K´ax desde la escarcha, hallaron puros los montes y mansas las criaturas. Muchos días caminábamos para cualquier rumbo sin hallar a otros humanos, sin verles la cara; santos árboles, animales y pájaros poblaban las joyadas y convivían sin hacerse daño, observando las normas que recibieron. Vi pueblos verdes de loros al llegar k´atxan, y desde lejos se oía su bullicio, su garrulería grata al corazón. En la montaña de Tz´ikin vi pacer a tantos venados, que su huelgo nublaba las laderas. Pero llegamos nosotros, en quienes no se sacia la codicia ni el ánimo de prevalecer sobre los demás, y estando ahítos de maíz derribamos nuevos montes y arrancamos la piel a los cuadrúpedos. Todo lo destruimos y aniquilamos, olvidando las leyes de payxa. Pronto perecerá la vida, lo que alienta bajo k´u. Nada va a quedar, sólo secaderos y palazones pudriéndose. Ya tienes suficientes canoas, Mekel y el olor de tu pescado corrompe el aire. Tumba entonces el miman k´ute, derríbalo; ya sabemos que tu codicia no vale lo que el hacedor de nubes. (p. 94)

 

Lejos de Pojom a´ej, más allá de los árboles de sombra florida, un pueblo de criaturas sigilosas se movía en el agua anhelando las arenas. Al aire las cabezas del reptil, avanzando con parsimonia heredada del lodo, las hembras acorazadas remontaron la bocana del río y por el tibio caudal se adentraron bajo la selva. La casa donde mora ak olía a limo de fecundaciones, a primaveras ásperas engendradas bajo la tierra; nada se movía en el cenagal, salvo las patas tatuadas por manadas de milenios. Las arenas, el calor vaginal; para alcanzarlas hacía falta la ascensión de los astros invernales, pues todo estaba previsto en la sabia matriz donde chapoteaban: el calor era visceral, sin islas de frescura; los embriones coleteaban ciegos, moviéndose en la baba nutricia; la luz hacía hervir el agua espesa de organismos. El cosmos delirante, monstruo vago de engendros que construía la articulación de otro tiempo, ardía de cúmulos gaseosos; bengalas incandescentes acudían a su ombligo, adarmes de luz, enjambres de soles arremolinados. Restos difusos de claridad diurna se desintegraban en el aire, induciendo en la noche fulguraciones que deslumbran al ojo de tres membranas. En algún sitio ocurrió; desgajado por gravedad de la copa de un coyol, el racimo de flores se precipitó a tierra y su fragor alarmó a las aves palustres y a una familia de ma’  refugiada en árboles oscurecidos. Sólo el pueblo de yaxak fue sordo al estruendo, pues avanzaba absorto, ajeno a lo que acontecía al este de la flora apacible.

En las arenas, sus ojos habían sido deslumbrados por la luz verde de K´ax, y treinta veces había vuelto el astro desde ese día. El material de sus ojos estaba tejido de diminutos panales donde se alojaba la luz, y eran tributarias de la memoria, virtud nítida de sus órganos, de su carne, de sus íntimos huesos; anualmente retornaban al origen, a la encrucijada de las germinaciones dejándose conducir por la potente mansedumbre de la vida. Muchas de las criaturas de la primera generación consumaron sus días en las uñas de b´alam, el  imperceptible cazador de los ríos, o en las fauces amarillas del lagarto, saurio que apetece reposar en la frescura del cieno. Pero ahí estaban las sobrevivientes, engarzadas sus costumbres al equinocio. Grávidas y torpes, las tortugas emergieron del líquido y pisaron el limo ribereño, avanzando playa adentro con sus patas ceremoniales; habían reconocido el lugar gracias a la línea luminiscente que se encendió en su sistema nervioso al entrar en contacto con el pequeño clima de la joyada. Mientras excavaban la arena en la oscuridad, los alrededores se poblaron de ojos y del hálito profundo de los cuadrúpedos corpulentos. Los seres de patas unguladas acudieron aprensivos desde la oscuridad, y nada más un bufido o cierto estremecimiento de la piel denunciaba su presencia. Curiosidad por la ceremonia terrestre, por el misterio de membranas y baba que ocurría al abrigo de las ceibas visitadas. Desde las copas vigilaban también mamíferos devoradores de fruta, asidos a las ramas con el dedo prensil y estriado de la cola; eran primates dóciles y barbudos que espantados ante el firmamento prefirieron dirigir los ojos a la playa concurrida; sumaban doce entre adultos y crías, y no rugían ni se rascaban porque el mundo había quedado a oscuras, y nadie sabia sí la estrella que engendra vida volvería a mostrar su cara por el oriente. Los ojos de los simios eran amarillos y tristes, propios de criaturas condenadas por las deidades a vivir en los árboles. Desde su refugio arbóreo se estremecían con cada cifra nueva que las ponedoras le sumaban al número finito de la vida, consumando lo que el cosmos expansivo demandaba de ellas. (p. 95-96)

 

En un área de silencio antiguo, poblada de ceibas y otras especies corpulentas, Diego vio pasar bajo el techo del bosque una bandada de loros, cuyo parloteo se perdió en el norte. En esa dirección la realidad era húmeda, misteriosa, prometedora de horizontes de vapor; el sur, en cambio, se mostraba soleado, profundo de iluminaciones; el oriente estaba siempre apacible, como si después del acontecimiento del sol la vida quedara exhausta. El poniente y sus reinos estaban vinculados al olor de b´alam y a la presencia de las profundidades. Por el rumbo opuesto sonaba a esa hora el golpeteo de un cheje, y Diego tuvo la impresión que la obra del trepador era un acto vedado por el silencio. (p. 99)

 

Los visitantes de K´ax fueron alojados en la troj de B´ixum, donde permanecieron varios meses. Allí se les veía asar insectos al amanecer, en amplios comales, mirando al horizonte del Pojom a’ej con alucinados ojos. Entraban por parejas al monte y volvían cargados de cocos de corozo, de cogollos de palma, de raíces suculentas y dulces. Partían con pulidas piedras los frutos de racimo, y los alrededores del granero pronto se vieron poblados de cortezas secas y restos de fibra machacada. Los hombres comían encuclillados, curvando el espinazo, y lamían con deleite los alimentos luego de pelarlos. Decían habitar un mundo sagrado, poblado por criaturas vivas y dotadas de alma. Citam, mo’, b’olom y otros seres divinos eran sus protectores, sus maestros en la casa tranquila donde pájaros tejen los caminos de la luz. El que todo lo vincula y lo pinta, decían, el descendiente de dos flores de K’ax, llevaba un nombre sonoro que solo se podía pronunciar cantando. Su casa de este tiempo se halla en la mansión revestida de caracoles y rostros esculpidos de Cráneo Enjoyado, en la mansión del invierno. (p. 102-103)

 

Puj es nuestro corazón – dijo el anciano descendiente de Yakin, pensativo y distante -. Los humanos temblamos en nuestro ser cuando el ojo del cielo brilla en el firmamento. Hay años en que el lucero nos muestra su cara al pasar las lluvias, y entonces lo nombramos Estrella Vespertina; su casa en este tiempo es el poniente, la habitación del jaguar. Pero cuando él aparece por el lado opuesto lo nombramos Puj, Lucero del Alba. Nuestros antepasados sabían calcular cuántos días dura el astro en cada una de sus casas, pero nosotros lo hemos olvidado. Los senderos de Puj corren próximos a los del sol, su padre, y por eso se oculta a nuestra vista al pasar varios meses. El astro que decimos está relacionado con el agua, el maíz y el jaguar en los conocimientos de la costumbre. Los humanos no tenemos palabras para alabar la hermosura de Puj. (p. 104)

 

Del cacaotal salió a esa hora un cerbatanero barbado y greñudo cuyo olor recordaba el tufo de b’alam. Su mirada era dura pero inteligente y su idioma era una lengua suave y aspirada, en parte comprensible para Diego. Era de baja estatura pero fornido de cuerpo; vestía túnica basta de algodón y a su cuello se abrazaba una cría de oso colmenero.

– Buena tu vida, anima – dijo.

– ¿Quién eres, padre? – preguntó Diego, temeroso.

– Soy tu ojo de Kanal K´ax, el veedor de este bosque – dijo el áspero guerrero.

Diego observó que el Lacandón estaba armado de una negra cerbatana, y que terciado portaba un morral con bodoques.

– ¿Cuántos días tu cría? – preguntó el muchacho, advirtiendo que el hombre le murmuraba al oído al tza’an – jo’ol.

– Animales pertenecen a Nohoyskayum – respondió su ojo de Kanal K’ax. Este sólo viene conmigo en el bosque y me muestra colmenas para castrar. Cuadrúpedos nos entienden porque están tocando nuestra anima en las palabras. También saben si tu mano diestra es más sabia que la zurda y huelen tu género. Si les hablas con enojo viertes sobre ellos tu intemperancia; si murmuras a ellos con amor tu contento entra por sus sentidos y alcanza su entendimiento.

– ¿Cómo supiste mi lugar, señor aj mob’al? – inquirió Diego, distinguiendo con angustia que las huellas que dejaba el hombre en la greda no eran humanas sino de jaguar.

– A ti y al otro yonem los oí desde mi camino y vi cuantas tortugas y huevos cogieron en el río Baao – respondió impenetrable el Lacandón.

Su captor imitó entonces los gritos del guacamayo, y Diego oyó por alguna parte que alguien le contestó. “Voy a morir”, pensó, trémulo, al distinguir las cabezas y los pálidos rostros que salían del monte. Echó a correr entonces despavorido y a un tiro de piedra reconoció el lugar donde se había separado de Kaxhin y hacia allá se dirigió con sus últimas fuerzas. Luego buscó a sus espaldas a su ojo de Kanal K’ax, pero sólo alcanzó a distinguir una mariposa azul que se alejaba. (p. 109-110)

 

Pomo a’ej, Nima’ witz, Q’eq moon eran los apelativos de los mundos de escarcha habitados por nawales y cruces, en cuyas nieblas reposaban jaguares ahítos de sangre y corazones. Con amor recordó el hombre las extensiones de loros en los montes verdes y el silencio originario de Yulb´atlaq, cuando dejó su casa y bajó a K´ax, el bosque cálido donde antiguamente floreciera la ciencia, y vio con la memoria los rostros de sus antepasados que lo miraban bajo la tierra. En eso pensaba cuando oyó los gritos que parecían provenir del pasado, “B’aytu’ ayek jun no’ k’ultaqil no’!, decía el ach’ej adelante, señalando al animal de cola erguida y hocico ceniciento que los miraba cuesta arriba. “¿Quien es?”, preguntaba el muchacho, sin atreverse a levantar la cerbatana. “Jun no’ snawalil yichlaqil te’ “, dijo complacido él, hablando con susurros para no espantar al sagrado animal. Diego volvió la cara entonces hacia el andasolo, pero donde antes estaba sólo había aire. “Somos dichosos”, celebró el joven; vigilados de cerca por el cosmos magnánimo.

El animal se alejó a toda prisa, llevando la cola en alto, hacia la parte que los humanos no alcanzan con la mirada porque es el santuario de los cuadrúpedos, de las bestias con mamas. ¿Quien es este tz’utz’, este orejas de ratón tierno?. Ciertamente no lo conocemos, no lo hemos contado. Su cara nos da risa, hace reír. Tal vez sea dañino y se meta a las siembras, a las trojes. Vaya, que haga su perjuicio, que recobre nuestras propiedades y que después nos cuente; que diga ante el cielo lo que hizo, lo que vio, aquello que masticó con sus dientes y muelas. En el agua de sus ojos se refleja el monte, más no son los lugares de este tiempo los que mira sino la montaña antigua, nuestro bosque sin tiempo, el que nada más arde con el relámpago y no ha sido hollado por el padre de la codicia, aquel insensato que hace arder las ceibas para sembrar maíz, la única criatura que carece de mantenimientos propios. (p. 113-114)

 

– De cazar vienes – platicó Xhunik B’ixum.

– Así parece – asintió el cazador -, pero nada está en mi mano en todo el día.

– ¿Qué vas a hacer entonces en el monte, sin que vengan tus animales? – preguntó sonriente Xhunik.

– Pensamos – explicó el montador -. En los años que pasaron hay mucho para los que vemos la vida. La quietud del monte es buena para pensar en aquellos que vivieron y murieron allá, muy arriba en el aire, en la montaña Tz’uqan ka’, en Saqch’en, en Yol witz. Las generaciones humanas pasan, pero los montes de Cuchumatán permanecen para que nosotros recordemos a los que ya no están.

Entonces Xhunik B’ixum columbró que aquel viejo sabio pudiera ser el que la gente llama Xhun Oq, y por eso se apresuró a pedirle de los frutos que guardaba en el morral.

– Está bien, está bien – dijo Xhun Oq al escuchar el ruego del caminante – Tengan, endulcen su lengua y su paladar, gocen pues.

El también comió jocotes y sonrió complacido por el encuentro. Así estuvieron los tres, en silencio y sin mirarse a los ojos, presintiendo nada más la vida que alentaba en cada uno de los otros. Un pájaro veloz pasó a esa hora abismo abajo, raudo igual que saeta lanzada desde la cumbre por alguna cerbatanero. Lejos estalló su canto verde, amarillo y morado, y la frágil melodía se deshilvanó escalonada hacia el fondo, donde terminó en silencio.

– Era chajal siwan – explicó el viejo cazador -; quien un día escuchó su canto llevará cuando esté lejos una, dos, tres fiestas en el pensamiento.

(p. 116)

 

Pesada era la mano de los cham b’eyom sobre los Q’anjobal. Así era desde el día en que nubes de palomas torcaces salieron de los montes y consumieron el grano de las milpas. Ávida como la boca de los txitam era la codicia de los q’axep anima, y para obtener mulnajwon pagaban medio real a los jueces repartidores por cada natural. Nuestros abuelos fueron vendidos y comprados como ganado, y a mecapal subieron las campanas, el metal para los herrajes, los portones para casas e iglesias adornados de bronce. Muchedumbres de mozos edificaron las obras y los pueblos tributaron clara de huevo y sangre de gallina para amacizar la argamasa de los murallones. El Juan Vaccaro daba repartimiento a los pueblos de la cordillera, desde Wi’xök a San Mateo Ixtatán. Repartía algodones para hilar a las naturales pero los fardos no pesaban cabal, y las abuelas compraban por su cuenta el tenuq’, de manera que lo que ganaban en el hilado lo gastaban en reponer faltantes. A causa de la encomienda, un tercio de la gente pereció, mas los sobrevivientes debieron completar el tributo de los muertos. Los varones morían azotados y las madres reventaban bajo cargas buenas para mulas. Parían en los caminos como sabandijas, y muchas se colgaron y otras tomaron la hierba de owal anb’al. Hubo madres que mataron a sus hijos en pariéndolos, para que no conocieron la iniquidad de los q’axep’a anima.

Después llegaron los moso, la gente maliciosa y aventajada que mandó yajaw Rupino, y con ellos regresó el mandamiento. Los moso comenzaron la paga en los pueblos de Cuchumatán, pero nunca lograron ganar a los Q’anjob’al para el dinero. De lejanas tierras trajeron el cafeteo a las partes templadas de la cordillera y a la costa de Xetulul, y el cultivo cobró muchedumbre de muertos. Les provocaban gana las q’opoj, y en ellas engendraron numerosos hijos. Decían que el Q’anjob’al tiene condición de bestia y que sólo la sangre de su linaje podía redimir nuestra animalidad. En su tiempo se vieron otra vez cuadrillas de mandados por los santos caminos de Cuchumatán; los sacaban amarrados, custodiados por atej tx’i, cuyo extraño gañido oprimía el corazón de los temporeros. Entraban a caballo en las aldeas, de noche, y el lloro de las mujeres se oía lejos cuando llevaban a los kelem, y el común los seguía con manojos de ocote ardiendo y rezando a gritos. La escolta de mandados agrupaba a las cuadrillas en la pinada de Chuye’, cerca de la cumbre, donde el frío de la madrugada quemaba la cara y tullía los miembros. Como los resguardos vedaban encender fuego, los mandados se agrupaban como carneros para darse calor. Bajo chew, el sudor del mecapal se congelaba en la frente y sus narices hedían. A la hora de partir, los débiles y los ancianos legüeros amanecían rígidos, amoratada la lengua e inerte el corazón. Enterraban los restos en el mismo sitio, y recubrían con hoja de pino la sepultura. Los muertos quedaban ajenos al firmamento que como rescoldo se encendía y apagaba, y carecían de ojos para ver la luminosidad que los abuelos llamaron Estrella que echa humo, flor para siempre encendida en el cosmos viviente. (p. 121-122)

 

En Yajaw k’u, Pedro Ordoñez se había refugiado en la parte más alta, donde se alimentan las nubes con su comida de flor. Eran selvas nubladas aquéllas, frías y habitadas por orquídeas y monos sagrados; entre el padre San Juan y las fuentes del K’isil alzan esas montañas sus mansiones quietas, donde el musgo y las parásitas violentan la roca madre. El fugitivo había construido allá una choza que ocultaban las peñas y el follaje, y reponía sus fuerzas alimentándose de miel silvestre y frutillas. Nadie sabía su camino ni conocía los sitios que frecuentaba, y por el lecho de las quebradas buscaba paso él, para que sus pies no delantaran su escondite. Pensando transcurría los días el regidor, el guía de los sanjuaneros. Era inmensa la montaña y mayor el silencio que la habitaba, protegida por lluvias perennes. Me voy a volver hombre sabio aquí, meditando, se decía Petul, y seguía paso a paso la vida de Maltixh Yekal, su antecesor en desafiar a los cham b’eyom, buscando con parsimonia dónde se había equivocado aquél. Con la mirada seguía Pedro Ordoñez el vuelo del colibrí, el pájaro de cien alas. Dos, tres silencios pacían sobre la montaña, comiéndose el corazón de la luz, sorbiendo con hocico de oso colmenero el lamento de las torcaces, el grito de los cuadrúpedos que se alimentan de oscuridad. (p. 128-129)

 

[…] Después chorreó hacia el suelo. Al amanecer, antes de perder la conciencia, Petul vio que dos animales rojizos salían del monte y lamían su sangre derramada.

– Kaq Kuxin – le dijo a la comadreja, y ésta lo observó asombrada y con ojillos inteligentes -; anda y avisa a la gente que desentierren ch’en alkapus y levanten guerra. Que venga owal, la que descoyunta, la que rompe, sólo esa será nuestra palabra. Anda, pues; no te quedes ahí. Nada hay en los santos montes para nosotros, mientras los cham b’eyom machaquen nuestros pies y se apropien de yunal tx’otx’.

Así dijo el alom konob’ y expiró sin agonía. Kaq Kuxin vio cuando el alma del regido en Yajaw  k’u, cuando murió el Pedro. Nada se movía bajo la excelsitud de la fronda, nadie poseía pies, ni ojos, y tampoco lengua para sorber el sonido. Sólo Kaq Kuxin avanzaba monte abajo, entre las bejuqueras y los musgos goteantes. Fríos iban sus pies y su nariz cuando se abría paso a través de la nube, bajando, desbarrancándose, cayendo a nuevas planeras y a hondonadas húmedas por la mucha vegetación. Las nubes andaban buscando el abrigo del monte para dormir cuando la comadreja salió a la milpa que dicen Yalan a’, y por el olor a humo de ocote reconoció las viviendas de Jolom witz. Desiertos estaban los milperos bajo la neblina y no humeaban fogatas en los refugios del monte. Había silencio y calma en los senderos cubiertos de arena, pues los montes son ecuánimes siempre y han visto en milenios numerosas muertes. Muy ocupados en sus negocios o contando dinero se hallaban los hombres, y moliendo la masa vespertina del nixtamal estaban las mujeres. Por eso se enteran tarde de lo que ocurre o lo ignoran siempre. No oyen, no escuchan ni palpan la corriente de los hechos, el enjambre furioso de lo que acontece. O tal vez duermen plácidamente, ignorando las alas que se ciernan sobre ellos como el pollito bajo el gavilán.

La gente dormía allá en Jolom witz cuando Kaq Kuxin entró a los senderos que corren de casa en casa en las aldeas. […]

Kaq Kuxin entraba a los patios de Jolom witz. Del pescuezo prensaba las gallinas, sin devorarlas, enseñándolas así frente a las puertas, en las veredas, por los corrales. Si el ave ya no alentaba, vencida, el animal carnicero la dejaba inerte y cogía otra. Quince gallinas aniquiló el animal y consumada su obra se lanzó a una hoguera. La gente de Jolom witz comprendió entonces que la presencia de Kaq Kuxin era un aviso. Los Q’anjob’al se reunieron en el patio de Olegario Pajarito, y allí encendieron un fogarón para deliberar al calor de la lumbre. (p. 130-131)

 

– No sabemos qué ha venido decirnos Kaq Kuxin – expuso el Alom konob’  con potente voz -, aunque su llegada siempre es fatídica en las aldeas. Deliberando aquí no vamos a esclarecernos y tampoco el sueño nos revelará algo, pues estamos bajo fuerte impresión. Busquemos a nuestro consejero, aquel que mira lejos en Yajaw k’u. Con él vamos a preguntar cuál sea la intención de los santos cerros. Porque fueron los abuelos sempiternos quienes nos enviaron a su mensajero. (p. 132)

 

La casa de Kaneb’ Eyub’ – cuatro hierbas significa su nombre – era modesta y olía a humo. El propio Ajtxum acudió a recibirlos y los invitó a tomar asiento alrededor del fuego, y la señora Xumak Alji les presentó un bucul grande con agua caliente para que lavaran sus manos y tomaran una bebida de maíz para calentar el estómago. Silente descendía el sereno de las nubes y mojaba la tierra, pero dentro de la casa de adobe y pajón sentíanse animados. Después que bebieron sus huéspedes, Kaneb’ Eyub’ miró a los ojos de Olax Tz’ikin y  le rogó lo enterase de la causa de su visita.

– Un santo acontecimiento nos trae ante ti mamin – comenzó diciendo el alom konob’ -. A nuestro poblado Jolom witz llegó anoche Kaq Kuxin, y a todos nos desveló, pues mató a quince gallinas de nuestros patios sin comerlas. Después arrojó a una hoguera y en ella pereció quemada. Estamos desconcertados y nuestro pensamiento no descansa, preguntando por la índole del aviso de la comadreja.

Parsimonioso Olax desató el cordel que sujetaba la estera plegada, abrió cuidadosamente cada uno de sus dobleces y mostró interrogante al Señor-Sxob’ tx’otx’  lo que estaba en el interior. Para asombro de todos, no se veían los restos chamuscados del mustélido, sino florecitas mustias de choreque. Un murmullo se escapó de las bocas de los presentes ante el prodigio, y Olegario echó hacia atrás la cabeza dominado por el asombro. Sólo el Señor-Vapor de la tierra permaneció observando a sus huéspedes imperturbable, con apenas una luz de malicia en los ojos.

– Me has engañado, Olax – dijo con sorna al cabeza de los sanjuaneros -. Dijiste que traías la carne quemada de Kaq Kuxin, y en tu estero sólo veo flores de choreque de mi propia huerta. ¿Tzet jun tu´?. ¿Para engañarme y burlarte de un viejo caminaste cuatro leguas desde Jolom witz?

Asombrados y sufriendo la vergüenza que enrojecía sus caras estaban los de Jolom witz hasta que Olegario manifestó:

– Yo mismo doblé la estera y até con este cordel el envoltorio, para así preservar adentro los despojos de la comadreja. La aparición de las flores es parte de la señal, del llamado de los montes.

– Hablaste sensatamente – intervino el Ajtxum -. Tal vez algo aconteció en alguna parte y las flores lo saben. Preguntémosles entonces, interroguémoslas.

De inmediato ordenó a su mujer que sacrificara dos gallos para el desayuno […].

– Nosotros vamos a bañarnos al nacimiento – convocó el señor de la casa -. Ya va a clarear.

Helada estaba el agua naciente. Monte arriba despertaban las arboledas nubladas perpetuamente, y de la entraña del cerro surgía el agua. Lívidos estaban los varones por la gelidez del chorro, pero gracias al frío de a’  sus corazones latían poderosos y en su mente se engendraba la lucidez. Saliendo de la poza, e Señor- Sxob’ tx’otx’  hizo beber a sus invitados del tecomate con aguardiente que llevara al baño, y el benéfico licor les calentó el estómago y los miembros.

Suculento se mostraba el caldo de gallo, acompañado de tx’ix, pero no comenzaron a comer antes de que Kaneb’ Eyub’ invocara al pixan tx’otx’ para que los beneficiara con salud y conocimiento. Mientras comían, saboreando la carne oscura, el Señor-Sxob tx’otx’  trajo una ollita con agua, y en su interior colocó las flores de choreque que aparecieron en los pliegues de la estera. Seguidamente arrimó el recipiente al rescoldo para que hirviera.

– En el plato del altar van a depositar sus limosnas – indicó a los comensales -. Humilde soy y mi oficio ocasiona gastos. Discúlpenme por pedir.

– Está hablando – interpretó el Ajtxum, escuchando atentamente el hervor del agua -. Algo que a todos nos atañe ha ocurrido en la montaña de Yajaw ku. Corre sangre de su oído y dos bestias la están lamiendo.

Un sollozo desgarrador brotó de sus entrañas e hizo que los ojos de los presentes se llenaron de lágrimas. Petul Q’em había sido muerto por los moso, por la gente de Evaristo Malla. Los tobillos del icham habían sido triturados por una trampa, por la boca con dientes de los cham b’eyom. El Alkal taxi supliciado convocaba guerra, el owal que descoyunta y desgarra la carne.

– ¡Owal! – gritó Olegario con voz espantosa -. ¡Que sea quebrantado el espinazo de los cham b’eyom, los excrementos de marrano!. ¡Vamos a machacar sus cabezas, sus miembros de los txitam tza’ej¡. Ya mataron a Petul, vendrá la guerra pues. (p. 132-134)

 

“Las cosas que gobiernan nuestra vida comenzaron a ocurrir cuando nosotros éramos una pequeña semilla de girasol en el seno de nuestra madre”, le había explicado el Señor-Venado; “y seguirán aconteciendo cuando bajo la tierra no seamos más que huesos que engendran flores”.

[…] “Los sueños y la vida se parecen”, pensó, antes de dormirse otra vez. (p. 150)

 

Mientras subían no hablaron de la casa desierta ni se preguntaron por la suerte de sus moradores; sabían que el linaje de los humanos está llamado a partir, a dispersarse en la tierra, y comprendían que quince años son demasiado para la rapidez con que transcurre la vida.

– Tal vez sólo vivieron en nuestro sueño – divagó el muchacho. (p. 153)

 

La existencia del mercado era anterior a la memoria. Los mensajeros Nahuas que al principio del tiempo ascendían al poblado, atravesaban conteniendo el aliento los bajíos poblados de florestas y tormentas de mariposas, y al subir a la escarcha admiraban recelosos a los taciturnos habitantes de las montañas; veían gente greñuda, abrigada de lana tosca y con las casas habitadas por loros, pues habiendo sido cazadores en K´ax no soportaban la soledad sin la garrulería de las amazonas. Los extranjeros hablaban en lenguaje jadeante de la estructura del cosmos, de los cielos de granizo, de Os   T’ilan, de los cielos amarillo y rojo; hacia abajo nombraban nueve mundos, desde la superficie húmeda hasta los antros sin luz donde son saeteados los difuntos, sitios en que todo es de obsidiana y no existen agujeros para el humo. Los cabezas de K’atepan escuchaban deferentes la extraña cosmología y la inscribían en la memoria, y entre sí deliberaban más tarde sobre la naturaleza de los mundos. (p. 155)

 

B’alam, cazador nocturno, perseguía al venado-sol por el infinito, y el combate de las bestias celestes originaba la sucesión de oscuridad y luz, de muerte y vida, de tierra y cultura. (p. 156)

 

“¿A quien crucificaron aquí?”. “En el tiempo pasado el buen alcalde Petul Maxin se negó a que los mateanos fueron llevados a combatir contra los tiltik, allá en K’ax, y cuando llegaron los chej anima lo persiguieron y él se refugió en esta santa casa. Los tz’ul violaron la puerta y en ese muro dejaron ensartado al principal, con el pecho sangrante. Ahora es como un nawal, un espíritu”. […] “¿La sangre permanece?”. “Nunca se borra; donde fue derramada sangre la vida pone su dedo y no lo levanta más”. (p. 157-158)

 

El piso de la nave era de ladrillo cocido, pero el tráfego de generaciones lo había vuelto tierra, camino, adoratorio de cumbre; ahora estaba cubierto de hoja verde de pino y el aroma del bosque y los cantos pretéritos de las codornices permanecían en la humedad. Muchedumbres de mujeres rezaban a gritos, a la luz de una formación de candelas que agrandaba el ámbito con fulgores parpadeantes; rojo era el atuendo de las mateanas, parecido a la carne achiotada de sus ofrendas, y hablaban con las bocas tiernas de masa de maíz, sentadas sobre las piernas, pidiendo a la divinidad bienes terrenos, salud de parientes, ventura en partos, y su clamor quejumbroso resonaba en la bóveda; en el rezo se fundían la tierra y los sueños, el temor al firmamento, la oscura pretensión de durar. (p. 158)

 

Mamin – demandó el Pojom con humildad, sabiendo que preguntaba lo que está vedado, oculto -; ¿puedes tal vez decir conmigo si pueden morir nuestros nawal, nuestros santos protectores?

Pedro Chilab´ no escuchó el clamor de los que rezaban ni el sonido celeste de la música, porque en ese momento prevalecía la quietud en su ánima, el despliegue silencioso de pixan que se enrosca al reflexionar; mirando al hijo de Sis B’ixum a los ojos y midiendo cada palabra dijo:

– Antes eran inmortales nuestros protectores y gobernaban el tiempo de la vida, pero tal vez en este tiempo los naturales estamos vencidos por la iniquidad del ser que esclaviza pueblos, bestias, dioses, y por la sumisión de los agraviados. Y si es débil nuestro corazón las fuerzas que lo protegen pueden desfallecer. Ahora nuestros nawal se han marchado lejos o caen por nuestra mano en la hondura del monte. Tal vez en otro tiempo, cuando volvamos a levantarnos tornarán a vivir. (p. 161)

 

Del huerto regresó la mujer con una jícara rebosante de licor blanco y perlado, con regusto a cacao y tierra. “Siéntate por ahí, fuerano”, le indicó la mateana, y él lo hizo junto a un mandado ya grande que platicaba a solas con un recipiente vacío. Al primer sorbo del chikb’ejal se expandió una lucidez insólita en su cabeza; en la fonda, el bullicio cesó y la música surgió limpia de los teclados, con resonancias de agua, y él dejó que su alma se embriagara con la armonía. Entonces se le reveló. Durante la sobriedad no había reparado en ello y ahora se daba cuenta de la tez macilenta de los mandados, y lamentó la opacidad de sus ojos; con piedad observaba sus cráneos mondos, los cuellos socavados, la osamenta visible bajo la ropa; sus bocas parecían de recién nacidos; eran enormes, hambrientas, y de la garganta nos les salía vaho.

[…]

– Nuestro cuerpo está muerto, padrecito – respondió suspirando Tulum Maxin – pero nuestra anima no. Nos han despojado de la vida, nos han matado. Somos nada más cascarones, pellejo y huesos sin sangre ni gozo. (p. 171-172)

 

En lo alto, la silueta del konob’ se había desdibujado, y nada más la tormenta bramaba sobre el poblado despierto.

– El cielo es un animal – debitó feliz Tulum Maxin -; es una criatura viva. Oye los ruidos de su vientre, las contorciones de su cuerpo.

– ¿Donde naciste, mamin? – preguntó él -; no hablas como los de Pay del nha’ y tu palabra es hermosa.

– Nací en Chilab’asun – dijo el viejo mandado, contento de recordar -. Malhaya estamos ahora en la montaña de B’ul q’en, en los filos con musgo que son la casa de Dios. Allá en la cumbre nace el invierno, y nada hay más limpio que la nube, ¿verdad padrecito?. Cuando estamos arriba sentimos que no somos de carne sino de otra cosa, de algo mucho más puro que el canto de los grillos. Después que hemos yacido con mujer ajena, luego de haber estado presos, ebrios o enfermos, deseamos subir allá y volvernos polvito de nube, pura neblina entre helechos. Cuando vivía con mis abuelitos en Chilab’asun, en las cumbres con viento, veíamos subir por el pie del monte a los chilab’, pueblos de pájaros que buscaban la luz. Mi antepasado decía que así éramos también los humanos, buscadores de luz, de pureza. Antiguamente, los naturales éramos grandes cazadores; greñudos éramos, libres en las montañas como venados; hoy estamos cautivos, rapados, con piojos aquí en los pueblos. Lástima, pues; lástima.

– Por qué tomamos, mamin? – preguntó él.

– Cuando fuimos creados – dijo con viveza Tulum Maxin, bajando los ojos caidos de iguana -, a Tatadios se le olvidó ponernos en la cabeza algo de embriaguez. Nos irrita la luz, el polvo, el calor y el frío, nuestra digestión, casi todo. Sólo ébrios nos sentimos plácidos y sobrellevamos el mundo, la materia vibrante, y entonces reímos, conversamos, sacamos a las miradas nuestro interior. Después deseamos ser tz’unun, picaflores. Somos incompletos. (p. 173)

 

– No es aquí como arriba creemos, como allá nos dicen de la oscuridad. No se escuchan relinchos del animal caballo en las tinieblas ni los viciosos beben de la pus de estas bestias. Tampoco vemos recintos donde los condenados conviven siglos con los zopilotes, y no hay aposentos con granizo perpetuo donde sean resecados los miembros y el corazón de los desventurados. No es así el siwan. Si deseas representártelo te diré que es un lugar de abandono que jamás se acaba; un lugar de quietud y silencio donde recordamos nuestra vida pasada por todos los tiempos que faltan, por la multitud de siglos que vendrán. Nos muestra su faz aquí otro firmamento, otro universo con infinitos mundos y lunas que no han sido nombrados por los que pasan, de manera que ignoramos quiénes son y cuál es su poder sobre nosotros. Un suplicio sufrimos y ese basta por los otros que dicen. Hay días en que, muy lejos de nosotros, en algún monte sagrado o en una hoyada grande oímos, incesante, el tumulto mañanero de los venados de la vida.

Así habló Sis B’ixum, y al extinguirse sus palabras en el antro todos permanecieron en silencio, sin saber qué decir. Y observando que los viejos se aprestaban a seguir camino, Xhunik les preguntó por su destino.

– Andamos hacia abajo desde el día de nuestra muerte – respondió Narciso, despidiéndose -. Tal vez en cuatro años más, dicen, hemos de llegar al pie de una inmensa ceiba, a la sombra del árbol donde comienzan nuevos caminos. Entonces va a empezar nuestra última felicidad. (p. 180-181)

 

Los alcaldes rezadores habían cumplido entonces diez días de oración y ayuno para que el agua cesara; estaban exhaustos y enflaquecidos por la dura continencia y, sin embargo, el agua persistía. Inquieta y desengañada por el fracaso de los taumaturgos, la gente de Pay del nha’ comenzaba a reunirse para prenderlos y castigarlos. Más tarde, Xhunik y Diego oyeron tumulto y gritos en la plaza y subieron a ver, aunque Diego de inmediato se apartó del gentío, desconcertado. Dos hombres enloquecidos por la muerte de sus familiares habían desnudado el torso del más anciano de los rezadores y lo azotaban furiosamente; el viejo alcalde estaba de hinojos, sobrellevando sin gritar el severo castigo, y se cubría pudoroso el pecho con la ropa, igual que una mujer.

– ¿Qué habrá de pasar? – sollozó Diego.

– Va a cesar el temporal – le respondió su padre, también con ojos llorosos. (p. 181-182)

Um comentário sobre “Tz´utz´- al este de la flora apacible

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